La última botella de champán de la Tierra se rompió contra uno de los laterales del "Colón". Casco contra casco, había bromeado Vincent. Entre gritos de júbilo quedaba inaugurada la última gran obra maestra de la humanidad, una nave capaz de colonizar otros planetas. Demasiados ingenieros habían trabajado durante media vida en aquella magnífica construcción. Diez años antes una simple conversación lo comenzó todo. Daniel opinaba que no era posible, mientras que Vincent decía que sí. Ambos eran experimentados ingenieros, pero lo que era más importante es que ambos eran inmensamente ricos. Y así, como un juego, como quien escribe un relato para divertirse y pasar el rato, comenzaron a dibujar, contratar, inventar e invertir en la obra que ahora llevaba en letras doradas de unos treinta metros cada una la palabra "Colón".
Era difícil no prestarle atención a la nave. Sus siete kilómetros de diámetro lo hacían visible desde largas distancias. Desde la estación espacial internacional podía verse tanto de día como de noche. Un gran círculo brillante, hecho con materiales ligeros pero resistentes con capacidad para albergar decenas de miles de colonos. Hombres y mujeres dispuestos a viajar durante años para colonizar un nuevo planeta al que nadie nunca había ido antes. Algunos estaban cansados de la vida en la vieja Tierra. Otros simplemente querían la aventura. El casco de la nave era una esfera gigante semiplana por debajo. De dos de sus costados salían otras dos semiesferas que contenían gigantescos motores para equilibrarlo durante el despegue. Diminutos puntitos hacían de ventanas en camarotes de toda clase, desde los más pequeños, donde cuatro personas dormían en dos literas en apenas ocho metros cuadrados hasta grandes espacios decorados con lo mejor del planeta. La gran nave albergaba en su interior parques, lagos, centros de compras, restaurantes, transportes y cualquier cosa que una ciudad pudiera tener. Era en efecto una ciudad dentro de una esfera, con el cielo simulado mediante gigantescos proyectores plantados en el suelo haciendo a la vez de obeliscos decorativos. Algunos de sus habitantes, que ya llevaban años viviendo en su interior para demostrar su capacidad de autonomía decían que era el mejor lugar donde habían vivido nunca.
La tarea de sus construcción no había sido nada fácil. Durante diez años se unieron más de dos millones de personas en su construcción y la inversión había sido desorbitada pero tanto Vincent como Daniel tenían la visión de que el dinero era para hacer grandes obras. Esta era sin duda una de ellas, la mayor de ellas. Desde el principio supieron que no iban a poder alimentar tal máquina con ningún tipo de energía conocida. Llegar a la velocidad necesaria para alcanzar la velocidad de escape de la órbita terrestre se presentaba como el gran reto y ningún combustible conocido era matemáticamente capaz de lograr la fuerza necesaria. Esto fue un verdadero quebradero de cabeza para los dos ambiciosos emprendedores hasta que un día un científico loco a quien nadie escuchaba y los medios despreciaban les hizo entrar en razón. - Solo puede ser con agua, si no, es imposible - repetía el desprestigiado genio. Un día, el hombre llegó con un carro de la compra de esos de supermercado tapado por una manta y con un frasquito de apenas diez centímetros al despacho de Daniel. A continuación destapó la manta y apareció una máquina que parecía haber sido hecha a mano, llena de cables e interruptores. Enseguida vertió el contenido del frasco con mucho cuidado sobre un pequeño depósito de la máquina y tras presionar algunos de los interruptores en el orden correcto una bombilla se encendió silenciosamente. El loco Lowen le pidió a Daniel que se acercara y mirara un pequeño contador que había en el aparato. El contador marcaba cuatrocientos cincuenta y seis. Daniel preguntó que significaba ese número y Lowen le contestó con otra sonrisa "es la duración, el marcador indica el tiempo que pueda estar encendida esa bombilla". Impaciente, Daniel le preguntó si la cantidad estaba en minutos o en horas y después, riendo, añadió semanas. La sonrisa de Lowen se hizo más intensa a la vez que contestaba "No señor Daniel, son años, esta bombilla permanecerá encendida furante cuatocientos cincuenta y seis años, aunque hay un margen de error del cinco por ciento aproximadamente". Vincent entró por la puerta en ese preciso momento. Lowen contó entonces su historia de como había intentado durante años convencer a la industria, la población y los gobiernos de que ese líquido transparante, el aquitanio, como lo había bautizado, era miles de veces más energético que cualquier reacción nuclear y además solo necesitaba agua de mar, unas cuantas algas y algunos días de maduración como si de cerveza se tratase. Nadie lo había creído entonces y cuando había hecho alguna demostración pública, una coalición árabe de grandes productores de petróleo se había encargado de borrar todo rastro en internet, periódico o publicación alguna. A ojos de todos, aquello nunca había existido. Lo único malo, dijo Lowen, es su alta inestabilidad. Una vez intenté hacer apenas doscientos mililitros y prácticamente hago explotar la ciudad - prosiguió. Por suerte pude controlar la reacción a tiempo con nitrógeno líquido. La dosis máxima es de unos cien mililitros, más que eso se vuelve inestable, como la masa crítica necesaria para comenzar la reacción en cadena de una bomba atómica, pero cada cilindro es decenas de veces más destructivo.
Según los cálculos de Daniel y Vincent, necesitarían unos tres millones de litros de Aquitania para producir la energía suficiente para el Colón. De esa form, comenzó una infraestructura en la cual se produjeron cientos de millones de pequeños depósitos de aquitania de cien mililitros. La mitad de ellos se consumirían solo en el despegue. La otra mitad daría autonomía a la nave durante casi cien años más, tiempo suficiente para llegar y colonizar su objetivo. Cada uno aportaría algo de energía a una red central, como varios molinos eólicos que se unen en serie a la red eléctrica. En menos de cuatro años, las algas habían producido su magia, los pequeños frascos estaban en el Colón y el sistema energético bautizado como "Tron", por los innumerables cablecitos azules que conectaban todo el sistema, proveía a la nave de un poder casi mágico.
Es un día memorable ¿verdad? dijo Vincent. Ambos admiraban el grandioso coloso, majestuoso como ninguna otra obra de ingeniería humana. Es increíble pensar que en una semana despegará rumbo hacia otro planeta. El primer planeta colonizado por el ser humano. Sin duda - respondía Daniel. Estamos haciendo historia amigo mío.
Una semana después, Colón encendió sus motores. La tormenta de fuego desatada era tal que se prohibía a cualquier persona acercarse a menos de cien kilómetros. En su interior, la vibración era fuerte pero soportable debido a las estructuras flexibles implantadas. Fue un día de despedida. Muchas familias tenían a miembros tripulantes en el interior y rezaban mientras le dejaban marchar. Algunos rezaban a alguno de los múltiples dioses terrestres. Otros lloraban desconsoladamente de alegría o tristeza, incapaces de decidirse.
Y entonces empezó a elevarse. Los medios de comunicación llamaron a ese día el día cero, ya que aquella hazaña era comparable al nacimiento de Cristo.
A medida que tomaba altura, Colón brillaba como nunca lo había hecho. La altura le sentaba bien, reflejando tonos de azul y blanco a medida que se adentraba en el cielo. Se alzó varios kilómetros antes de que se produjera el error. Nadie supo como porqué se produjo, qué cálculo hicieron mal los cientos de físicos y matemáticos. Lo único de lo que se dieron cuenta es de que la gran esfera azul comenzó a frenarse. La tierra no podía dejar ir a tantos hijos de su vientre a la vez. Colón no pudo superar la velocidad de escape y de esa forma, con las estrellas tan cerca, comenzó a caer de nuevo con sus gigantescos motores aún encendidos.
Fue casi poético, casco contra casco. Ese día la raza humana había lanzado una semilla hacia el espacio con ánimo de perpetuar la especie en algún lugar lejano. Ese día que más adelante se llamó "Día 0" porque desde entonces todo comenzó de nuevo.
- FIN -