domingo, 25 de agosto de 2013

Pensar demasiado

Si es que no puede ser. Me dijo que hiciese lo que tenía que hacer y eso es exactamente lo que hice. No se como ni porqué pero le hice caso. Nunca le hago caso, pero esta vez sí. ¿Y sabes que me dijo que hiciera? Me dijo que hiciera lo que ya había hecho. ¿Y que hizo entonces? Hacer lo que que le dije, ¡como si no lo hubiese dicho!

El hombre al revés

Érase una vez, un hombre al revés. No caminaba hacia atrás ni tenía la cara en la espalda. Era un hombre que hacía cosas al revés de lo esperado. Jugaba a la lotería para gastar el dinero en lugar de ganarlo y trabajaba por aburrimiento para matar las horas, no por dinero. Dormía tres siestas y se mantenía despierto por la noche pues según él, la noche es oscura para quedarse a solas consigo mismo. Se alejaba de las mujeres que le gustaban, precisamente porque le gustaban y se hacía amigo de la gente que odiaba, precisamente porque les odiaba. Comía lo que menos le gustaba, pues así dejaba de no gustarle y jamás se permitía comer lo que le gustaba, pues ya le gustaba. Cuando sonreía se entristecía y cuando moría alguien se alegraba. Cuando pensaba algo decía lo contrario y cuando decía algo sin pensar, entonces pensaba lo opuesto. Cuando dormía no soñaba, así guardaba esos sueños para cuando estaba despierto.

En su vejez se alegró de ser viejo, pues la juventud era una pérdida de tiempo, y así por fin podría hacer todo lo que nunca quiso. Así, en la vejez se enamoró de otra persona que nunca le gustó, y en lugar de decirle "te quiero" le dijo "te odio". Cuando esa persona se alejó de él, el hombre al revés se alegró de que su amada se alejara.

El mundo no estaba preparado para el hombre al revés. Un día enfermó y esperó a morir para pedir auxilio. Cada vez que despertaba con sueño, deseaba seguir despierto. Cuando se recuperó de la muerte se entristeció de seguir con vida, y como estaba triste decidió sonreír. Nadie entendía el hombre al revés. Un día le preguntaron, y su respuesta fue noche. Cuatro mujeres lo desearon durante su vida pues era un enigma que deseaban resolver, así que el les dio la solución y así dejaron de desearle.

Finalmente el hombre al revés murió, alegre de morir. Como nadie nunca llegó a conocerle escribieron en su tumba la frase estándar "Descanse en Paz", por lo cual el hombre al revés pasó la eternidad inquieto.


martes, 26 de marzo de 2013

Dia cero

La última botella de champán de la Tierra se rompió contra uno de los laterales del "Colón". Casco contra casco, había bromeado Vincent. Entre gritos de júbilo quedaba inaugurada la última gran obra maestra de la humanidad, una nave capaz de colonizar otros planetas. Demasiados ingenieros habían trabajado durante media vida en aquella magnífica construcción. Diez años antes una simple conversación lo comenzó todo. Daniel opinaba que no era posible, mientras que Vincent decía que sí. Ambos eran experimentados ingenieros, pero lo que era más importante es que ambos eran inmensamente ricos. Y así, como un juego, como quien escribe un relato para divertirse y pasar el rato, comenzaron a dibujar, contratar, inventar e invertir en la obra que ahora llevaba en letras doradas de unos treinta metros cada una la palabra "Colón".

Era difícil no prestarle atención a la nave. Sus siete kilómetros de diámetro lo hacían visible desde largas distancias. Desde la estación espacial internacional podía verse tanto de día como de noche. Un gran círculo brillante, hecho con materiales ligeros pero resistentes con capacidad para albergar decenas de miles de colonos. Hombres y mujeres dispuestos a viajar durante años para colonizar un nuevo planeta al que nadie nunca había ido antes. Algunos estaban cansados de la vida en la vieja Tierra. Otros simplemente querían la aventura. El casco de la nave era una esfera gigante semiplana por debajo. De dos de sus costados salían otras dos semiesferas que contenían gigantescos motores para equilibrarlo durante el despegue. Diminutos puntitos hacían de ventanas en camarotes de toda clase, desde los más pequeños, donde cuatro personas dormían en dos literas en apenas ocho metros cuadrados hasta grandes espacios decorados con lo mejor del planeta. La gran nave albergaba en su interior parques, lagos, centros de compras, restaurantes, transportes y cualquier cosa que una ciudad pudiera tener. Era en efecto una ciudad dentro de una esfera, con el cielo simulado mediante gigantescos proyectores plantados en el suelo haciendo a la vez de obeliscos decorativos. Algunos de sus habitantes, que ya llevaban años viviendo en su interior para demostrar su capacidad de autonomía decían que era el mejor lugar donde habían vivido nunca.

La tarea de sus construcción no había sido nada fácil. Durante diez años se unieron más de dos millones de personas en su construcción y la inversión había sido desorbitada pero tanto Vincent como Daniel tenían la visión de que el dinero era para hacer grandes obras. Esta era sin duda una de ellas, la mayor de ellas. Desde el principio supieron que no iban a poder alimentar tal máquina con ningún tipo de energía conocida. Llegar a la velocidad necesaria para alcanzar la velocidad de escape de la órbita terrestre se presentaba como el gran reto y ningún combustible conocido era matemáticamente capaz de lograr la fuerza necesaria. Esto fue un verdadero quebradero de cabeza para los dos ambiciosos emprendedores hasta que un día un científico loco a quien nadie escuchaba y los medios despreciaban les hizo entrar en razón. - Solo puede ser con agua, si no, es imposible - repetía el desprestigiado genio. Un día, el hombre llegó con un carro de la compra de esos de supermercado tapado por una manta y con un frasquito de apenas diez centímetros al despacho de Daniel. A continuación destapó la manta y apareció una máquina que parecía haber sido hecha a mano, llena de cables e interruptores. Enseguida vertió el contenido del frasco con mucho cuidado sobre un pequeño depósito de la máquina y tras presionar algunos de los interruptores en el orden correcto una bombilla se encendió silenciosamente. El loco Lowen le pidió a Daniel que se acercara y mirara un pequeño contador que había en el aparato. El contador marcaba cuatrocientos cincuenta y seis. Daniel preguntó que significaba ese número y Lowen le contestó con otra sonrisa "es la duración, el marcador indica el tiempo que pueda estar encendida esa bombilla". Impaciente, Daniel le preguntó si la cantidad estaba en minutos o en horas y después, riendo, añadió semanas. La sonrisa de Lowen se hizo más intensa a la vez que contestaba "No señor Daniel, son años, esta bombilla permanecerá encendida furante cuatocientos cincuenta y seis años, aunque hay un margen de error del cinco por ciento aproximadamente". Vincent entró por la puerta en ese preciso momento. Lowen contó entonces su historia de como había intentado durante años convencer a la industria, la población y los gobiernos de que ese líquido transparante, el aquitanio, como lo había bautizado, era miles de veces más energético que cualquier reacción nuclear y además solo necesitaba agua de mar, unas cuantas algas y algunos días de maduración como si de cerveza se tratase. Nadie lo había creído entonces y cuando había hecho alguna demostración pública, una coalición árabe de grandes productores de petróleo se había encargado de borrar todo rastro en internet, periódico o publicación alguna. A ojos de todos, aquello nunca había existido. Lo único malo, dijo Lowen, es su alta inestabilidad. Una vez intenté hacer apenas doscientos mililitros y prácticamente hago explotar la ciudad - prosiguió. Por suerte pude controlar la reacción a tiempo con nitrógeno líquido. La dosis máxima es de unos cien mililitros, más que eso se vuelve inestable, como la masa crítica necesaria para comenzar la reacción en cadena de una bomba atómica, pero cada cilindro es decenas de veces más destructivo.

Según los cálculos de Daniel y Vincent, necesitarían unos tres millones de litros de Aquitania para producir la energía suficiente para el Colón. De esa form, comenzó una infraestructura en la cual se produjeron cientos de millones de pequeños depósitos de aquitania de cien mililitros. La mitad de ellos se consumirían solo en el despegue. La otra mitad daría autonomía a la nave durante casi cien años más, tiempo suficiente para llegar y colonizar su objetivo. Cada uno aportaría algo de energía a una red central, como varios molinos eólicos que se unen en serie a la red eléctrica. En menos de cuatro años, las algas habían producido su magia, los pequeños frascos estaban en el Colón y el sistema energético bautizado como "Tron", por los innumerables cablecitos azules que conectaban todo el sistema, proveía a la nave de un poder casi mágico.

Es un día memorable ¿verdad? dijo Vincent. Ambos admiraban el grandioso coloso, majestuoso como ninguna otra obra de ingeniería humana. Es increíble pensar que en una semana despegará rumbo hacia otro planeta. El primer planeta colonizado por el ser humano. Sin duda - respondía Daniel. Estamos haciendo historia amigo mío.

Una semana después, Colón encendió sus motores. La tormenta de fuego desatada era tal que se prohibía a cualquier persona acercarse a menos de cien kilómetros. En su interior, la vibración era fuerte pero soportable debido a las estructuras flexibles implantadas. Fue un día de despedida. Muchas familias tenían a miembros tripulantes en el interior y rezaban mientras le dejaban marchar. Algunos rezaban a alguno de los múltiples dioses terrestres. Otros lloraban desconsoladamente de alegría o tristeza, incapaces de decidirse.
Y entonces empezó a elevarse. Los medios de comunicación llamaron a ese día el día cero, ya que aquella hazaña era comparable al nacimiento de Cristo.

A medida que tomaba altura, Colón brillaba como nunca lo había hecho. La altura le sentaba bien, reflejando tonos de azul y blanco a medida que se adentraba en el cielo. Se alzó varios kilómetros antes de que se produjera el error. Nadie supo como porqué se produjo, qué cálculo hicieron mal los cientos de físicos y matemáticos. Lo único de lo que se dieron cuenta es de que la gran esfera azul comenzó a frenarse. La tierra no podía dejar ir a tantos hijos de su vientre a la vez. Colón no pudo superar la velocidad de escape y de esa forma, con las estrellas tan cerca, comenzó a caer de nuevo con sus gigantescos motores aún encendidos.

Fue casi poético, casco contra casco. Ese día la raza humana había lanzado una semilla hacia el espacio con ánimo de perpetuar la especie en algún lugar lejano. Ese día que más adelante se llamó "Día 0" porque desde entonces todo comenzó de nuevo.

- FIN -




jueves, 28 de febrero de 2013

Los paragüas que soñaban volar

Según el hombre del tiempo, hoy ha hecho un mal día. Ya sabéis lo que pasa cuando llueve y hace viento. Los paraguas se doblan, se tuercen, se escapan. Los peores se doblan con una suave brisa mientras que los buenos, esos largos que usaban nuestros abuelos, se libran hasta que llega una ráfaga más fuerte. Entonces esos se pueden recuperar, devolviendo a la normalidad sus firmes varillas. Pero esta historia no es sobre estos paraguas de antaño. Esta historia es sobre los malos, los baratos, los del siglo XXI, los de usar y tirar. Esos paraguas que uno se alegra de tener cuando sale de casa pero que se enfada poco después, cuando lo abre y le dura cinco minutos. Esos paraguas que llenan las papeleras de Barcelona, sobretodo en las bocas de los metros. Los hay rojos, verdes, negros, con mango de bola,de esos pequeños que le caben a cualquiera en cualquier sitio. Todos ellos, eso si, con unas varillas frágiles, con una articulación ridícula de esas que ya sabes que se va a romper. Esta historia va sobre esos paraguas. O más bien, de alguien que vive de ellos.

Juanjo es un tipo pobre, que no tiene que ver con ser un pobre tipo. Se pasea con chándal, se lava poco y hace tempo que no se afeita. Una gorra sudada reposa sobre su cabeza y suenan las llaves en sus abultados bolsillos. Se pasea de aquí para allá, sin saber muy bien su rumbo. Siempre pensando. Los días de lluvia le gustan,  pero más aún los de lluvia y viento. Para él, estos días son como un regalo, días que espera ansioso. Juanjo observa a toda esa gente dejando sus pobres y rotos paraguas en las papeleras como para que se sequen. Con la certeza de que el acto de ponerlos en esos depósitos los condena para siempre, colgándoles una etiqueta imaginaria de "se acabó" al tiempo que les elimina la etiqueta de "tengo dueño", todos boca abajo, mostrando solo los mangos que alguien una vez agarró y su frágil y roto esqueleto. Es entonces cuando Juanjo con rapidez, cogiendo el carro de supermercado que algún día encontró sin moneda y que guarda en su taller para estos casos, para poder llevar tantos de esos rotos paraguas como pueda recorriendo bajo la lluvia las bocas de los metros, avenidas y papeleras donde se apilan. En una buena sesión puede conseguir más de cincuenta paraguas y si el viento ha soplado lo bastante fuerte, más de cien. Un día recopiló en ocho horas de lluvia dosientos treinta y tres paraguas. Cuanto peor es el clima para el resto de la ciudad, mejor es para Juanjo.

A la mañana siguiente se levanta con una sonrisa sabiendo lo que le depara el día. Ese montón de tela y alambre le seduce desde pronto. Ya tomando café Juanjo prepara su cuaderno y empieza a hacer dibujos de varias formas. Algunas tienen forma de murciélago, otras de gaviota pero las que más triunfan son las clásicas en  forma de rombo. Le da igual probar y experimentar, tiene material de sobra y aún más tiempo. Por suerte no trabaja. Enseguida se pone manos a la obra y juntando alambres, varillas y tubos comienza a formar el esqueleto de su próxima cometa. Lo primero es separar los materiales. Después hace el esqueleto según le indica su cuaderno manchado, juntando alambres y soldando cuando es necesario. Al final viene lo más divertido, ponerle una tela, de esas impermeables que le van tan bien. Si hay que coser se cose y así, con un trozo de aquí y uno de allá al final crea innumerables obras de arte en tela con barrotes. La mayoría son negras, ya todo sabréis porqué, haciendo formas serias como ataúdes, cuervos y corbatas voladoras. Cuando termina el día, más de una decena de cometas yacen por alrededor, todas con sus varillas, su tela, su cuerda y también su borla final como si fuese la cola de un animal, poniéndole punto y final a su obra.

Cuando llega el fin de semana si además es un día soleado, entonces la fortuna le sonríe. En cuanto sale un rayo de sol Juanjo se prepara, madrugando los fines de semana mientras el mundo duerme y completando su ciclo de vivir al revés que los demás, que se ocultan cuando llueve y duermen mientras el sol aparece. En la línea cuatro de metro se acerca a la playa, vacía por supuesto, y donde las gaviotas y el mar le acompañan. Deja su cargamento bien atado y comienza a probar sus obras. Si el día es muy calmado espera pacientemente a que sople algo de viento. Con los años ya sabe que lugar es el mejor y hacia donde encararse así que sin mucho esfuerzo comienza a elevar la primera, luego la segunda y así sucesivamente hasta que algunas horas después todas han tenido su dosis de libertad y de sol. Cuando su show termina Juanjo recibe aplausos y sonrisas, miradas de niños asombrados y también algunos céntimos sobre alguna de sus creaciones. Alguno que otro siempre se acerca y le pregunta si tiene en venta, a lo que gustoso Juanjo responde que si. Es tanto su arte fabricándolas que todas vuelan maravillosamente y los turistas de la Barceloneta quedan asombrados. Muchos le compran varias, para regalar, para aprender, o para guardar. Al final de la tarde, cuando su brazo ya pesa y el cansancio le puede, recoge aquellas que aún quedan y las lleva de nuevo a su taller, aguardando otro día para salir a tomar el sol.

Y así se completa un ciclo de reencarnación en el cual un pobre y húmero paraguas, solo y abandonado se convierte en un objeto de diversión apto para todos los públicos, que recibe los cálidos rayos de sol que siempre se perdió en su anterior vida. Haciendo lo que siempre quiso, seguir al viento, no a la lluvia.

FIN