jueves, 28 de febrero de 2013

Los paragüas que soñaban volar

Según el hombre del tiempo, hoy ha hecho un mal día. Ya sabéis lo que pasa cuando llueve y hace viento. Los paraguas se doblan, se tuercen, se escapan. Los peores se doblan con una suave brisa mientras que los buenos, esos largos que usaban nuestros abuelos, se libran hasta que llega una ráfaga más fuerte. Entonces esos se pueden recuperar, devolviendo a la normalidad sus firmes varillas. Pero esta historia no es sobre estos paraguas de antaño. Esta historia es sobre los malos, los baratos, los del siglo XXI, los de usar y tirar. Esos paraguas que uno se alegra de tener cuando sale de casa pero que se enfada poco después, cuando lo abre y le dura cinco minutos. Esos paraguas que llenan las papeleras de Barcelona, sobretodo en las bocas de los metros. Los hay rojos, verdes, negros, con mango de bola,de esos pequeños que le caben a cualquiera en cualquier sitio. Todos ellos, eso si, con unas varillas frágiles, con una articulación ridícula de esas que ya sabes que se va a romper. Esta historia va sobre esos paraguas. O más bien, de alguien que vive de ellos.

Juanjo es un tipo pobre, que no tiene que ver con ser un pobre tipo. Se pasea con chándal, se lava poco y hace tempo que no se afeita. Una gorra sudada reposa sobre su cabeza y suenan las llaves en sus abultados bolsillos. Se pasea de aquí para allá, sin saber muy bien su rumbo. Siempre pensando. Los días de lluvia le gustan,  pero más aún los de lluvia y viento. Para él, estos días son como un regalo, días que espera ansioso. Juanjo observa a toda esa gente dejando sus pobres y rotos paraguas en las papeleras como para que se sequen. Con la certeza de que el acto de ponerlos en esos depósitos los condena para siempre, colgándoles una etiqueta imaginaria de "se acabó" al tiempo que les elimina la etiqueta de "tengo dueño", todos boca abajo, mostrando solo los mangos que alguien una vez agarró y su frágil y roto esqueleto. Es entonces cuando Juanjo con rapidez, cogiendo el carro de supermercado que algún día encontró sin moneda y que guarda en su taller para estos casos, para poder llevar tantos de esos rotos paraguas como pueda recorriendo bajo la lluvia las bocas de los metros, avenidas y papeleras donde se apilan. En una buena sesión puede conseguir más de cincuenta paraguas y si el viento ha soplado lo bastante fuerte, más de cien. Un día recopiló en ocho horas de lluvia dosientos treinta y tres paraguas. Cuanto peor es el clima para el resto de la ciudad, mejor es para Juanjo.

A la mañana siguiente se levanta con una sonrisa sabiendo lo que le depara el día. Ese montón de tela y alambre le seduce desde pronto. Ya tomando café Juanjo prepara su cuaderno y empieza a hacer dibujos de varias formas. Algunas tienen forma de murciélago, otras de gaviota pero las que más triunfan son las clásicas en  forma de rombo. Le da igual probar y experimentar, tiene material de sobra y aún más tiempo. Por suerte no trabaja. Enseguida se pone manos a la obra y juntando alambres, varillas y tubos comienza a formar el esqueleto de su próxima cometa. Lo primero es separar los materiales. Después hace el esqueleto según le indica su cuaderno manchado, juntando alambres y soldando cuando es necesario. Al final viene lo más divertido, ponerle una tela, de esas impermeables que le van tan bien. Si hay que coser se cose y así, con un trozo de aquí y uno de allá al final crea innumerables obras de arte en tela con barrotes. La mayoría son negras, ya todo sabréis porqué, haciendo formas serias como ataúdes, cuervos y corbatas voladoras. Cuando termina el día, más de una decena de cometas yacen por alrededor, todas con sus varillas, su tela, su cuerda y también su borla final como si fuese la cola de un animal, poniéndole punto y final a su obra.

Cuando llega el fin de semana si además es un día soleado, entonces la fortuna le sonríe. En cuanto sale un rayo de sol Juanjo se prepara, madrugando los fines de semana mientras el mundo duerme y completando su ciclo de vivir al revés que los demás, que se ocultan cuando llueve y duermen mientras el sol aparece. En la línea cuatro de metro se acerca a la playa, vacía por supuesto, y donde las gaviotas y el mar le acompañan. Deja su cargamento bien atado y comienza a probar sus obras. Si el día es muy calmado espera pacientemente a que sople algo de viento. Con los años ya sabe que lugar es el mejor y hacia donde encararse así que sin mucho esfuerzo comienza a elevar la primera, luego la segunda y así sucesivamente hasta que algunas horas después todas han tenido su dosis de libertad y de sol. Cuando su show termina Juanjo recibe aplausos y sonrisas, miradas de niños asombrados y también algunos céntimos sobre alguna de sus creaciones. Alguno que otro siempre se acerca y le pregunta si tiene en venta, a lo que gustoso Juanjo responde que si. Es tanto su arte fabricándolas que todas vuelan maravillosamente y los turistas de la Barceloneta quedan asombrados. Muchos le compran varias, para regalar, para aprender, o para guardar. Al final de la tarde, cuando su brazo ya pesa y el cansancio le puede, recoge aquellas que aún quedan y las lleva de nuevo a su taller, aguardando otro día para salir a tomar el sol.

Y así se completa un ciclo de reencarnación en el cual un pobre y húmero paraguas, solo y abandonado se convierte en un objeto de diversión apto para todos los públicos, que recibe los cálidos rayos de sol que siempre se perdió en su anterior vida. Haciendo lo que siempre quiso, seguir al viento, no a la lluvia.

FIN




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